miércoles, 25 de abril de 2018

Mokaleros

Aunque sea una excursión con alumnos en la que uno no puede pararse a bichear, sacar fotos y descansar tanto como le gustaría, cuesta; cuesta volver de un fin de semana en el campo y sentarse a ordenar fotos y demás, así que perdón por el retraso. Estaba Mokala bien bonito; si cuando fuimos en octubre os decía que a pesar de estar la primavera recién empezada os decía que lucía aún todo muy seco, a la inversa os digo ahora que, a pesar de llevar ya un mes de otoño a cuestas, estaba todo aún muy verde, con bastante agua en las pozas temporales y demás.

Y sol, y calor de lo más agradable a mediodía, y no mucho frío de noche. Como íbamos en plan académico nos dejaron quedarnos, a precio casi regalado, en una especie de casa de convivencias que tienen: con habitaciones de cuatro camas con baño (de las que ocupé una en exclusiva), salones grandes con chimenea, una gran cocina en la que los alumnos encargados por turnos de alimentarnos casi consiguen matarnos de indigestión, un pequeño salón de actos, y una piscina que el que esto escribe utilizó a mediodía, mientras los mocosos estaban exponiendo seminarios a mi jefe*.

Pasamos tiempo haciendo cosas en el alojamiento y también por el Parque adelante, claro: conduciendo de un lado a otro para ver bichos, colocando cámaras trampa en algunos abrevaderos (que es la solución que tiene mi jefe para no sabe qué hacer con los alumnos, igual que los chinitos tiran piedras a lo alto), o atendiendo a las explicaciones de los rangers y demás trabajadores de Mokala que nos acompañaron en algunos momentos. Por falta de sitio, acompañé al ranger en su coche mientras íbamos de un lado a otro, y tuvo ocasión de contarme muchas cosas de un trabajo que tiene que ser muy vocacional, pues el sueldo es escaso y el riesgo mucho; más de los furtivos que de los animales (tenía un rifle semiautomático y un chaleco de 20 Kg en el maletero, y un amigo en el hospital).

Los alumnos de tercero la verdad tenían de encantadores lo que les faltaba de coordinación para saltar todos a la vez; se comportaron muy bien a lo largo de todo el fin de semana, les entretuviese más o menos lo que tocara hacer. Está bien poder disfrutar de estas pequeñas islas de alumnismo, aunque me quede ya poquito para volverme... a ver si para conocer a nuevas generaciones futuras de biólogos.

* En mi descargo diré que mi jefe había dicho que había "tiempo libre"; tiempo libre que decidió desconvocar por su cuenta y riesgo mientras yo estaba muy ocupado con una siesta primero y chapoteando luego. Y en cuanto me enteré, corrí directo al salón de actos; que estuviesen ya terminando no es culpa mía...

domingo, 22 de abril de 2018

CreCiente

¡Hay que ver! Casi un año me ha llevado darme cuenta de lo que os voy a contar... supongo que es porque, como algunos ya sabríais, mirar al cielo, las estrellas, la astronomía y todas esas cosas me interesan bastante poco: todo lo que encuentro de interesante en la Tierra me resulta ajeno en esos mundos de Dios que, de tan lejos que están, es como si no estuvieran. Ha hecho falta que el cielo tremendamente despejado y estrellado de Mokala me llamase lo suficiente la atención como para hacerme mirar arriba y darme cuenta de que las formas de la Luna, creciente y decreciente, están aquí invertidas, de modo que aquí de mentirosa no tiene nada... Y ha sido gracias a que los alumnos se pusieron a buscar Orión que caí también en la cuenta de que, al contrario que lo que pensaba, el cielo nocturno que se ve aquí abajo no es por completo diferente del de arriba... cosas que aprende uno, entre el devenir del vuelo bajo de las lechuzas comunes y el resonar de los lloriqueos de los chacales... Este fin de semana, con los de tercero en Mokala, ha sido de lo más agradable; ya en las próximas entradas lo detallo.

jueves, 19 de abril de 2018

Orden del día

Casi no me lo creo, la verdad, pero apenas sí me llevó horas poner en práctica la resolución tomada al final de la entrada anterior y empezar a trastear con las cosas del laboratorio. Haciendo además una de las tareas que más me gusta: ordenar muestras. Pasarlas de las cajas grandes e incómodas que usamos en el campo a cajas más pequeñas, y aprovechando para colocarlas ya según las vayamos a ir usando, y para revisar que los nombres y números de los bichos se corresponden entre el Excel donde se centraliza todo, las hojas de campo y los tubos de muestras. Un trabajo que me gusta porque los resultados "se ven": no es como cuando toca pensar y me paso el día sin que al final pueda realmente enseñar algo tangible; aquí el número de cajas ordenadas es algo bien contante y sonante, y eso me resulta muy satisfactorio. Lo he comentado más de una vez con amigos: tendría que verme puesto en harina, pero creo que trabajar de barrendero, o fregando platos, no sería ni de lejos el peor de los trabajos...

En fin, pero para que no me emocione demasiado con los avances de laboratorio, llega ya el fin de semana a romperme el ritmo. Porque además nos vamos fuera: nos llevamos a los veintipico alumnos de Ecología de la Conservación a Mokala. No sé muy bien aún a hacer qué (no sé si mi jefe lo sabrá, la verdad...); lo que sí sé es qué tengo que hacer yo, que tengo una guía con demasiados nombres que no se van a tachar solos... A ver qué tal se me da. Y si vuelven todos los que van.

martes, 17 de abril de 2018

Cuatro meses

 Hace una semana, las cosas empezaron a ponerse interesantes: me llamó mi jefe para hablar un rato, y tras una larga e innecesaria exposición de cómo habían sido sus casi dos años en la UFS, vendiéndomelo como una especie de lucha entre la Ilustración y el Medievo, me contó por fin lo que yo ya me estaba oliendo: que le habían ofrecido en otra universidad un puesto mejor, y que en tres meses se iba. Y que a ver qué hacíamos conmigo, porque mi contrato (renovado a partir de mayo para un segundo año) me lo paga la UFS para estar de postdoc con él; y rota la asociación, roto todo. Pero cuando empezaba a decirme que a ver si podíamos "transferirme" a otro supervisor, solucioné yo la papeleta diciéndole que no se preocupase: que cuando él se fuese, me iría yo también, y todos contentos.
Porque, no sé si recordáis: la idea original del trabajo que iba a hacer aquí era ocuparme de analizar parásitos sanguíneos de aves (lo de siempre). Pero cuando llegué aún faltaban muestreos por hacerse, y por lo demás no había dinero para analizar las muestras, así que mal podía yo ponerme a trabajar. De modo que, mientras conseguíamos muestras y dinero, me puse a trabajar un poco con lo que iba saliendo: con termorregulación en termiteros, trabajo que hace poco cuajó en mi primera publicación local...

... y con los datos de cámaras trampa y visitas de animales a abrevaderos, con los que sigo liado aún. El caso es que me he ido quemando un poco, a base de meter horas a cosas que no eran las que tenía que hacer (bueno, técnicamente mi trabajo es lo que me mande hacer mi jefe, pero me entendéis), y que por lo demás tampoco es que estén dando resultados espectaculares que agranden mi CV de forma espectacular. Es por eso que, aunque con la baza de la renovación en la recámara, llevo ya tiempo echando cosas para moverme una tercera vez... ¿a dónde? Ya Dios dirá; eso no me preocupa tanto como constatar a la vez el poco tiempo y la cantidad de especies por tacharme que me quedan. En agosto pensaba ir a un congreso a Montpellier, y con estas novedades que os cuento, cuando coja el avión el 17 para subir a Francia, será para a la vez irme de aquí definitivamente. Me quedan cuatro meses y más de media guía por subrayar... y me temo que, ¿por fin?, mucho laboratorio, ahora que ya tengo muestras y dinero. Habrá que ponerse las pilas.

lunes, 16 de abril de 2018

Las Calerizas: máster en conservación

A estas alturas, oír que la mezcla "política + medio ambiente" da como resultado algo desastroso no debería sorprenderme, pero es que ayer curioseando de blog en blog me encontré con un caso tan absurdo que me dejó bastante hundido, pensando en cómo de mal tienen que estar los resortes administrativos para que pasen cosas así... La historia la cuentan los de ARBA Bajo Jarama*, y aunque tiene diez años ya, empieza en realidad hace veinte, cuando en 1999 un incendio arrasa cien hectáreas de monte en Las Calerizas, junto al Jarama al norte de Madrid. Una pena, porque los cortados yesíferos del este madrileño albergan una vegetación muy particular y cada vez más escasa; pero bueno, nada que el monte mediterráneo, que ha evolucionado sabiendo enfrentarse al fuego, no supiese remediar por sí solo. La historia da luego un salto de diez años, cuando como parte de las pedidas compensatorias de la ampliación de Barajas, el gobierno regional decide recuperar la zona quemada. ¿Y cómo lo hace? Invirtiendo 13 millones de euros en arrasar el monte que ya se estaba recuperando solo y plantando con criterios de gestión maderera una serie de arbolillos de los que en meses habían muerto casi todos. La verdad es que las fotos de la página que enlazo, de carrascas y acebuches de ya dos metros de altura arrancados junto a plantones ya secos de las mismas especies, le hacen a uno preguntarse muchas cosas...

* ARBA, Asociación para la Recuperación del Bosque Autóctono, es una ONG con delegaciones en buena parte del territorio que, con criterios científicos sólidos y mucho sentido común (¡qué poco abunda eso!), aboga por la recuperación de la vegetación autóctona (bosque o no) en terrenos que van perdiendo su antiguo uso industrial o agrícola.

sábado, 14 de abril de 2018

No hay dos sin tres

Parece que va surgiendo un patrón de venir a Soetdoring cada mes... aunque cambiando las compañías. Esta vez, la tercera, me acerqué con los miembros del grupo local de BirdLife Free State: hace un par de semanas fui con Charissa a una charla muy interesante que organizaron sobre cómo compatibilizar en las playas el uso recreativo con la reproducción de aves costeras. Me enteré entonces de que pensaban hacer hoy una salida; y no había ya plazas, pero justo ayer me avisaron de que quedaba una plaza libre, y pasadas las seis de la mañana salimos llenos de ganas de pajarear.

Aunque llevábamos una semana de lluvias y frío, de lo más desapacible, y la prevsión para hoy era bastante mala, al final se quedó un día soleado estupendo para salir a pajarear o cambiar de forma de gobierno. En Soetdoring mismo pasamos buenos momentos, viendo los corredores escamosos Smutsornis africanus que parecían estar por todas partes, y otras tantas aves de zonas herbosas...

 ... pero en realidad el día lo empezamos algo más al norte, en Southpan, la zona de salinas abandonadas donde habíamos visto en febrero las cigüeñas, y que tras dos meses de lluvias casi continuas presentaba una cara mucho más amable para las aves acuáticas. Y en vez de cigüeñas, a lo lejos había ahora algunos flamencos, que pegan mucho más con este ambiente de lagunas interiores. Y avocetas, y tarros (sudafricanos); ¡cualquiera diría que estábamos en Manjavacas o en Villacañas...!

 La verdad es que el día estaba "de lo más manchego", y me puse bastante melancólico... pues en España cierto es que suelo pajarear mejor acompañado. Que ojo, que los pajareros con que salí hoy eran un grupo de lo más majo (y heterogéneo: cuatro jubiladas ya más en la cuarta edad que en la tercera, un jevi melenudo y una niña de unos 15 años prácticamente muda); pero mis amigos son muy amigos y mucho amigos.

 Vimos no muchos bichos distintos, pero sí bastante variados; estuvo el día entretenido. Contaba yo con ver varias especies de patos nuevas, pues es un grupo que tengo bastante poco trabajado aquí abajo, pero por desgracia al principio solo parecía haber ánades picolimón Anas undulata y piquirrojos A. erythrorhyncha, que ya han salido en entradas anteriores de este blog...

 ... menos mal que un par de cucharas de El Cabo Spatula smithii (el macho, el del ojo dorado) tuvieron a bien ser una de mis tres especies nuevas del día.

 Buena parte de la zona de Southpan lucía así: verde a primera vista, pero cuajada de agua en realidad en cuanto uno se fijaba más de cerca. De agua y de bichejos, supongo, pues aunque peces no creo que hubiese (todo esto era una llanura yerma hace un par de meses) imagino que entre renacuajos e invertebrados daría como para llenar el estómago de todo lo que pululase por allí...

... que no era poco. Mientras algunos buscaban algo que echarse al pico, a otros les tocaba el turno de descansar. Cormoranes, garzas, espátulas e íbises, patos... eché en falta eso sí ver más limícolas invernantes, pues apenas sí metimos en la lista un solitario combatiente. Imagino que deben de andar todas ya por ahí arriba con vosotros, al igual que los cernícalos que ya no se ven por aquí...

 ... otras en cambio, como los fumareles aliblancos Chlidonias leucopterus, aún estaban engordando antes de emprender rumbo al norte. Algunos aún con el plumaje invernal, otros completamente mudados al de cría, daban pasadas a la caza y captura de libélulas junto con sus primos los fumareles cariblancos (residentes aquí) sobre las cabezas de las gartetas piquicortas Ardea brachyrhyncha: una especie de cruce entre garceta grande y garcilla bueyera que me taché hoy también.

Y a mayores de las aves acuáticas, pajarillos también; aunque no les hicimos mucho caso, pues estábamos más centrados en darle uso a los telescopios. Culpa mía pues que mi observación del tercer y último bimbo del día, un carbonero cinéreo Melaniparus cinerascens, fuese mala y atropellada, de un bicho marchándose ya de la rama donde lo tuve durante mucho tiempo posado sin hacerle caso. Me consolé con este macho de quelea piquirrojo Quelea quelea de la variante de mejillas claras, que no es la más habitual.

Y así fuimos pasando el día, entre prismáticos y telescopio, ojeadas a la guía y a la pantalla de la cámara de fotos para ver más de cerca aún a los bichos, bocadillos bajo los árboles y palmadas para librarnos de los mosquitos que también descansaban a la sombra del ramaje... un buen día de campo, sí señor.

viernes, 13 de abril de 2018

Nieve sobre las espinas

 ¡Madre mía, qué primavera! ¿No? Hablando con familia y amigos os veo siempre rodeados de lluvias eternas y nevadas persistentes... bueno, hay años y años; y tras los secos anteriores, uno como este no ha de venir mal. Nieve o no, la Tierra sigue girando, y la primavera tira de la naturaleza; y pronto las ramas de los espinos se cubrirán de un blanco distinto, si es que no lo están haciendo ya. Más sobre esto, en mi artículo en el número de abril de EMNMM. Espero que os guste.


miércoles, 11 de abril de 2018

Detalles de Grahamstown (CO, y XII)


He hecho una última limpieza de fotos de nuestro muestre en el Cabo Oriental que me pareció que tenían algo digno de ser comentado; os las pongo ahora para despachar ya las entradas referentes a ese viaje, antes de que haga otro que se vaya a prolongar otras tantas.

Me llamó la atención, en una de las granjas que recorrimos, ver "ríos de piedra" corriendo a través de la tierra roja; casi como los ríos de papel de plata o los caminos de un belén...

Al verlos de cerca, resultaron ser arroyos de pizarra; imagino que de alguna veta que, al asomar a la superficie, se iba deshaciendo así. Al ver estas cosas la verdad me da pena no saber más de geología... algún día me pondré.

Una plantita de las pocas a las que pude poner nombre: Aptosimum procumbens, una escrofulariácea de flores muy bonitas. La verdad es que había pequeñas matas de esta especie llenas de flores, y yo, que creía que les habría sacado alguna foto decente, me encontre al volver con que solo había fotografiado esta más birriosa... en fin, para la próxima.

A esta en cambio no he sabido ponerle nombre, pero sus flores mostachudas la delatan como Polygala sp., o se non è vera, è ben trovata... Me hizo gracia ver lo completita que era dentro de su enanez, con sus flores y toda la pesca.

Un saltamontes bien bonito, ¿eh? Es del género Zonocerus (Z. elegans, creo), y como podéis sospechar por su coloración, es tóxico. Los hay con alas bien desarrolladas como este y con alas atrofiadas.

Este también tiene pinta de ser algo venenoso, ¿no? No sé de qué especie es, pero con los escorpiones lo que sí sé es que, cuanto más pequeñas las quelas y más gruesa y potente la cola, hay que andarse con más ojo. Un bicho como el escorpión emperador puede parecer tremebundo, pero es seguro mucho menos peligroso que el de la foto...

Los que seguramente tengan también algo de veneno son estos milpiés júlidos, a los que encontré trabados en amoroso lance; y es que las motitas rojas (o amarillas) sobre fondo negro no suelen augurar nada bueno. La abundancia de milpiés por estos pagos es bastante llamativa; en cuanto llueve algo sobre todo al caer la noche se llenan los caminos de ellos, algunos bastante grandes. Lo del "veneno" por lo demás lo sé por experiencia propia: cuando uno coge un milpiés de este grupo enseguida nota en los dedos una sustancia aceitosa que a mí me huele a réflex y que intuyo no debe de saber muy bien, que sale a partir de unos poros que comunican con las glándulas repugnatorias, que al gastarse tan curioso nombre se me quedaron grabadas desde las clases de Zoología... Lo que no recordaba, y busqué al ver el apareamiento "asimétrico" de estos bichos, es que si bien los poros genitales de los milpiés se localizan en el tercer segmento corporal, los órganos copuladores del macho (a la izquierda) son unas patas modificadas del séptimo segmento, a las que transfiere el esperma desde el tercero. Una cochinada, vaya...

Vamos con un último pajarete, uno de esos LBJ que tanta ilusión me hace y me hizo tacharme: es una prinia del Karoo Prinia maculosa, endémica de las zonas áridas del SE del país. Ya veis de paso qué espinas se gastan por aquí las acacias en las ramas bajas, que son tan largas como el pájaro... y lastiman tanto como parecen.

Y cierro con una foto de Gary (el del sombrero, lo otro es una cobra de El Cabo en proceso de recuperar su libertad tras ser capturada dentro del campus de Grahamstown); un experto herpetólogo con el que había contactado Zhao previamente y que, junto con su amigo y también experto herpetólogo Jo, nos acompañaron y ayudaron el tiempo que estuvimos en Grahamstown. Creo haberos comentado en alguna entrada anterior de la serie que se nos pinchó una rueda del coche nada más llegar. Eso nos dejaba bastante vendidos, por no hablar de que los caminos de las granjas nos lo iban a hacer pasar bastante mal para negociarlos con el coche de alquiler que llevábamos... pero por suerte ambos se ofrecieron también a llevarnos en sus todoterrenos. Y a llevarnos de cena y a buscar camaleones por la noche, y en definitiva a hacernos la vida más agradable. Y no creo que lleguen a leer esto nunca, pero que sea al menos público el agradecimento... da gusto encontrar gente así por el mundo adelante.

domingo, 8 de abril de 2018

Rebuscando en las charcas

 Aunque ya estamos de lleno en el otoño astronómico, y se nota ya que los días son bastante más cortos que antes de Navidad, el tiempo en Bloemfontein sigue siendo de los más veraniego: no tanto por las temperaturas como por las lluvias, pues sigue lloviendo aún casi a diario; se ve que lo que no cayó en octubre y noviembre nos lo estamos comiendo ahora... Y gracias a este abril de aguas mil, y al terreno mayormente arcilloso que tenemos por aquí, en varios de los lugares baldíos del campus han aparecido charcas temporales.

 Algunas son simples carrizales donde apenas sí se ven aguas libres, y en los que han criado a lo largo de estos meses colonias de tejedores enmascarados y obispos rojos, cuyos machos (este de la foto aún se salva) ya han perdido en su mayor parte el colorido nupcial.

 Otras más profundas en cambio, como esta, muy cercana a mi residencia del primer mes, sí se ven más despejadas. Y como es habitual allí donde hay agua, y más en zonas semiáridas como aquí, enseguida aparece la vida "de la nada".

 Es acercarse al borde y a uno se lo comen los mosquitos, por ejemplo. Y a nada que se mira dentro de agua se ven chinches y escarabajos de agua de varias especies pioneras que viven así un poco a salto de mata, volando a charcas nuevas cuando se les seca aquella en la que están. Hay algunos odonatos también, caballitos del diablo y libélulas (como esta -creo- Crocothemis sanguinolenta), cuyas ninfas como sabéis son acuáticas.

 Y prestas a picotear todos estos animalillos aparecen las aves también: ibis hadadas y avefrías armadas, que ya viven normalmente en el campus en terrenos más secos, e incluso aves buceadoras como esta pareja de zampullines comunes Tachybaptus ruficollis, que si hubiese un poco más de vegetación imagino que intentarían criar...

 De todas formas, lo que más me sorprendió y alegró al salir a correr al caer la tarde, fue escuchar cantos de batracios; de varias especies que viven normalmente en tierra, como los sapos, pero que siguen dependiendo de estos encharcamientos para criar. Como el campus está relativamente aislado de otras zonas húmedas, y medio edificado y así; y además ni siquiera creo que estas charcas tengan agua todos los años, no esperaba que hubiese, pero el caso es que algunos días había escuchado el canto inconfundible, burbujeante, de las Kassina seneganensis. Lamentablemente no las vimos ayer noche al acercarnos Joaquín y yo, pero sí un sapo indeterminado que se me escapó...

 ... y centenares, miles de Cacosternum boettgeri, cuyo canto más similar al de un insecto que al de un anfibio (que no he encontrado por Internet, lo siento) sonaba por doquier. Y aunque escucharlos era fácil, estas ranas minúsculas (la de la foto es un adulto grande) que cantan desde debajo del agua, metidas entre la vegetación, son casi imposibles de ver; y me llevé un enorme alegrón cuando el habilidoso Joaquín le echó mano a esta de la foto...

... pues yo, con mi "red", la verdad no estaba consiguiendo grandes resultados. Y tampoco me sirvió de mucho para taparme en cuanto se puso a llover, ¡ay! ¡Menudo desastre de biólogo de bota...!

sábado, 7 de abril de 2018

Blue Horizon Bay (CO, XI)

 Os decía hace un par de entradas que todavía me había tachado algún bicho marino más; pues bien, vamos a ello: el último día fuimos a muestrear hacia el este de Port Elizabeth, a la bahía de Jeffreys. Escogimos el lugar un poco al azar, fijándonos en lo que se veía en Google Earth, y terminamos llegando a un cámping apartado de todo, en la desembocadura del río Gamtoos.

 El río muere suavemente en el Índico entre dunas enormes, donde buscamos Acontias con relativo éxito; tan suavemente de hecho que en las fechas en que fuimos el río ni siquiera desembocaba: una barra de arena bajo la que imagino se mezclarían las aguas cortaba el acceso directo del río al mar. Yo sabía que la zona era una reserva, entre otras cosas por sus aves marinas y limícolas, y pensando en vosotros (bueno, y en mi lista) me mantuve cual camaleón, con un ojo en el rastrillo y otro en la orilla del agua.

 Había varias gaviotas cocineras Larus dominicanus, la única gaviota grande frecuente por todo el hemisferio sur, que cría tanto en Sudamérica como en África y Australia y Nueva Zelanda. Es un bicho con pinta de gavión canijo, y todavía más negro. Algunas de las aves debían de haber criado en la zona, pues iban acompañadas de pollos como este que apenas sí se apañaban para volar.

 Un par de gaviotas más. Pero no os pongo la foto por ellas, sino por los pequeñuelos.  Los veis, ¿no? Resguardados del viento cada uno dentro de una huella...

Os los pongo algo más en grande. Había por la zona varios grupos como este de chorlitejo frentiblanco Charadrius marginatus, especie cercana a nuestro chorlitejo patinegro y su equivalente ecológico en el África subsahariana. Como tantas otras limícolas "de playa" (por contraposición a zonas limosas o de estuario donde los turistas no se meten tanto), sufre en países desarrollados como este por las molestias de paseantes y, sobre todo, de perros. El problema no es tanto que los animales capturen directamente las aves, que eso casi nunca sucede, sino que al estar siendo constantemente espantadas las aves no se alimentan y descansan correctamente, o al dejar los nidos desatendidos estos son depredados por otros animales, o directamente los huevos expuestos al sol se sobrecalientan y mueren muy deprisa.

 Una pareja de alcaravanes acuáticos Burhinus vermiculatus, la otra especie de alcaraván que tenemos en Sudáfrica, además del de El Cabo; se distinguen bien por tener las partes superiores estos mucho menos moteadas, y las alas con una banda gris. Las diez especies de alcaraván del mundo se dividen en dos "grupos ecológicos": los hay como el de El Cabo (o el europeo), que viven en zonas esteparias, secas y abiertas, y los hay como este que viven al borde del agua, alimentándose sobre todo de cangrejos.

 Dos parejas de charrán piquigualdo Thalasseus bergii, especie propia de las regiones (sub)tropicales del Indopacífico. Un bicho muy grande, casi como una pagaza piquirroja, con la cresta despeinada propia de los charranes de este género.

 Y termino con el último bimbo de la entrada, que está ahí-ahí con el charrán anterior en liza por ser el que más ilusión me hizo: un ostrero negro africano Haematopus moquini, endémico de las costas del sur del continente. Igual que los alcaravanes os dije que se dividían en "de agua y de secano", los ostreros del mundo se dividen en cinco especies pías (como el europeo), tres negras (como el de aquí), y una más (el ostrero variable, buen nombre) que tiene ambos morfos de color. Y todavía falta una especie negra, el ostrero canario, que lamentablemente se nos extinguió hace un siglo...

Cierro esta entrada con una imagen de mis dos compañeros de viaje: Joaquín, que regresa de darse un baño, y Zhao, que se contentó con remojar los pies. El día no invitaba mucho, ya lo veis, y "se me quedó por tachar" el darme un baño en un océano nuevo. Queda para la próxima...

miércoles, 4 de abril de 2018

Néctar metalizado (CO X)

 Un arbusto de pequeñas flores azuladas y tubulares. Yo no sé qué es, pero me sé de unos pájaros que lo tenían muy claro: el desayuno.

 A lo largo del viaje de muestreo al Cabo Oriental vi tres especies de suimanga, y las tres nuevas. Como en el Kruger, son de las aves que más ilusión me hizo tacharme. Esta de la foto es una suimanga malaquita Nectarinia famosa, que pasa por ser la especie más distribuida por toda Sudáfrica y que fue la primera especie nueva del viaje (bastó con tachármelas una vez para empezar a verlas aquí en Bloemfontein). El de la foto creo que debe de ser un macho joven: aún con plumaje de hembra, pero empezando a desarrollar la larga cola del adulto, que luce además el colorido verde brillante que da nombre a la especie.

 Una foto muy mala de un macho de suimanga amatista Chalcomitra amethystina, pero se aprecian (apenas) los rasgos característicos de la especie: sobre un plumaje negro azabache, un penacho violeta en cada hombro y marcas en la cabeza que solo se ven cuando brillan al sol: violeta la garganta y verdosa la frente. Pero mejor lo veis aquí...

Y ¡por fin! una foto que me ha salido medio bien, pues el bicho estaba cerca y tranquilito: una bonita suimanga bicollar Cinnyris afer. Le veis la lengua finita, ideal para llegar hasta el fondo de las flores, hasta donde el pico no llegue.

Y con estas tres, son siete las especies de la familia que he visto. A ver cuándo cae una más, y puedo presumir de haber visto más de la mitad... o mejor a ver cuándo caen todas.

martes, 3 de abril de 2018

Líneas divisorias - de plumas (CO IX)

 Dos avefrías armadas Vanellus armatus nos miraban con gesto desaprobatorio desde lo alto de un gavión, pensándose tal vez si atacarnos o no para llevarse esos "gusanitos" con los que andábamos jugando. Al igual que en Grahamstown, el requisito del muestreo de echar el día como los cerdos, con la vista baja, no ayudó a que me tachase muchos bichos con alas, pero alguno sí que fue cayendo. Y me gustaron dos en concreto porque me ayudaron a completar sendas ternas de especies de sus respectivos géneros:

 Como las dos además eran aves urbanas, no me fui sin verlas; aunque tampoco os penséis que fue llegar y besar el santo. De hecho esta es la única foto "decente" de zorzal oliváceo Turdus olivaceus que pude sacar; una especie de versión coloreada de su hermano zorzal del Karoo, el de donde vivo: de cabeza más oscura y vientre más naranja. Ambos, junto con el zorzal de Kurrichane T. libonyana, se reparten el "nicho mirlo" a lo largo del país, sin apenas coincidir.

 Lo mismo que hacen el bulbul de El Cabo Pycnonotus capensis, de gracioso anillo ocular blanco, con el carinegro (de anillo rojo, el mío) y el tricolor (sin anillo). En nuestro caso estábamos además en el límite mismo entre el del Cabo y este último, que se sitúa en el río Sundays, que desemboca a mitad de la bahía de Algoas. A un lado cantaban sobre nosotros unos mientras escarbábamos, al otro lado los otros.

 Y ambos, unos y otros, exponiéndose a que se los llevase por delante algún depredador, como este jovencito y diminuto (aunque no se aprecie en la foto) gavilán chico Accipiter minullus, que en un momento dado salió de la nada para sembrar el pánico entre un montón de pequeñas avecillas y finalmente irse de vacío, no sin antes posar para mí con cara de cierto embarazo. Y la verdad es que da gusto tacharse bichos tan bien como este, con foto decente y todo...

De cualquier manera, la gracia de haber bajado hasta la costa era la de poder ver aves marinas, claro. y no fue tan bien como esperaba y hubiera deseado, pero de lo perdido, saca lo que puedas. Así que me alegré un montón cuando, entre las numerosas gaviotas cabecigrises Larus cirrocephalus (la del ojo blanco; la caperuza gris la pierden tras la cría) descubrí algunas gaviotas plateadas surafricanas L. hartlaubii, de partes desnudas mucho más oscuras que las de su congénere; una especie endémica de la región que es además bastante escasa ya tan al este. Y algún ave marina más se dejó ver para alegrarme el día, pero ya las dejaremos para otra entrada...