jueves, 17 de agosto de 2017

Algo de pelo (PNK, XII)

Tengo fotos de pájaros con las que aburriros durante días, pero voy a ser bueno y cambiar un poco de tercio. La zona del campamento no se quedaba manca en lo que a observaciones de mamíferos se refiere: ver no vimos depredadores más allá de las hienas, pero ya os dije que por el río adelante trasegaban día sí día también búfalos y elefantes, y solo con echar la vista fuera de la verja raro era no ver también algún antílope; como estos impalas Aepyceros melampus, que en el colindante poblado de trabajadores del Parque se paseaban directamente por los jardines.

Un macho de niala Tragelaphus angasii: un mucho muy llamativo, muy oscuro y absurdamente peludo para estándares tropicales. Los Tragelaphus spp., como este, como los kudus que ya he mencionado en otras entradas, son un género bastante diverso de antílopes subsaharianos, todos muy bonitos, los machos con los cuernos ene spiral más o menos abierta, ramoneadores como los ciervos, y que oscilan bastante en talla, entre la de un alce y la de un corzo.

Entre los carrizos ramoneaban precisamente de vez en cuando representantes de una de las especies pequeñas: los bushbuck, o antílopes jeroglífico T. scriptus. Este macho adulto no se dejó ver en terreno descubierto...

... pero este otro macho joven sí lo hizo,para que pudiese verlo yo y para que podáis verlo vosotros.

Y basta ya de ovejas, que también se dejaron ver otras cosas: como las mangostas rayadas Mungos mungo. Muchas especies de mangosta tropicales, como esta, como los conocidos suricatos, o como las simpáticas mangostas enanas, que vimos a menudo también asomando de los termiteros donde suelen hacer sus madrigueras; viven formando grupos. Y uno de esta especie aparecía de vez en cuando por delante de casa también, excavando en el lecho seco del Nwaswitshaka, supongo que buscando insectos o ranas que estuviesen a la espera de la estación de lluvias.

Los mamíferos, en todo caso, se dejaban ver también dentro del campamento. De vez en cuando se cuelan antílopes de varias clases (y hace unos meses un elefante), pero los primates lo tienen mucho más sencillo para pasar por encima de la verja. Ya os hablé en otra entrada de la visita de un gálago, y algunas veces son las tropas itinerantes de babuinos las que se meten a destrozarlo todo; pero los más frecuentes, que se ven a diario, son los monos verdes Chlorocebus pygerythrus. Hay que tener bastante cuidado de dejar puertas y ventanas cerradas y aseguradas cuando uno sale de las casas, pues estos malandrines no tienen problema en abrirlas desde fuera para colarse dentro para hurgar a ver qué encuentran; a veces incluso aunque no estén vacías.

A nosotros en todo caso no nos dieron disgustos durante las dos semanas que echamos allí; se les veía bastante desconfiados, y mucho más pendientes de comer de los frutos de las higueras de no sé qué especie que crecían dentro del campamento.

Interés compartido con los turacos crestimorados Gallirex porphyreolophus. Sé que prometí no sacar más aves, pero es que estos bichos eran condenadamente bonitos...

Y acabo esta entrada sobre bichos peludos con el más mono de todos: el ratón pigmeo Mus minutoides, el roedor más pequeño del mundo, que veis en esta foto a tamaño superior al natural; tan enano era... Nos los cruzábamos de vez en cuando por la noche al ir de una casa a otra, dando saltos más que corriendo, y quedándose petrificados si los enfocabas con la linterna. Tengo ganas ya de verlos de nuevo...

martes, 15 de agosto de 2017

Algo de pluma (PNK, XI)

Un azulito angoleño Uraeginthus angolensis. Pequeñito, apenas como un mosquitero, pero colorido y fácil de distinguir. La idea general de los legos es que todas las aves tropicales son así, vistosas. Pero mucho me temo que eso está bien lejos de ser cierto...

... más bien, la inmensa mayoría de los pájaros que ve uno por Sudáfrica (por todo el mundo) adelante son como este: manchas marrones, y además lejanas. A santo de qué si no iba a existir mi nueva guía favorita... El primer día en que me quedé solo en el campamento y pude dedicarme a pajarear, la verdad es que lo pasé bastante mal. Poco a poco gracias a Dios, a medida que fueron pasando los días y, merced a la experiencia, comencé a poder distinguir cincuenta sombras de ocre, empecé también a poder poner nombre a las distintas manchas marrones. La cámara ayudó mucho, permitiéndome repasar luego con más calma los bichos más lejanos, como la prinia modesta Prinia subflava de la imagen (que resultó ser a la postre de las aves más frecuentes del campamento). La verdad es que a carpeta de fotos del Parque está llena rebosar de fotos malas de bichos de lo más soso, pero tranquilos, que no os daré la lata con ellas...

Cierto es por otra parte que encuentro a los bichos sudafricanos en general más confiados que los europeos, que se dejan acercar más, y también por consiguiente hacer mejores fotos. El bicho de la foto, con pinta de curruca mosquitera alargada, era un bulbul terrestre Phyllastrephus terrestris, que se entretenía deshaciéndonos el tejado de la cabaña junto con el resto de su cuadrilla. Esto de las fotos me está empezando a gustar... y a la vez, no: me siento un poco traidor, yo que era más bien de la cuerda de los que decían que "por intentar sacar una buena foto, dejáis realmente de observar al bicho"...

... aunque cierto es que, sin los aumentos de la cámara (y sin esta imagen, vaya), este bicho se hubiese quedado sin identificar como un juvenil de azor tachiro Accipiter tachiro. Aprovecho de paso para comentar que, al menos por comparación con lo que cuenta la gente en crónicas de visitas naturalísticas al Kruger que he leído, me pareció que había muy pocas aves rapaces; y no solo porque faltasen los milanos y águilas que deberían llegar aquí numerosos desde el hemisferio norte a no mucho tardar, sino porque no vi muchas de las especies "comunes". Bueno, a ver cuando volvamos dentro de unos meses, si están los bichos más activos, liados con la reproducción y eso...

La inmensa mayoría de las aves no eran nuevas para mí solo por su aspecto, sino también por sus voces; y tan trabajoso fue ligar imágenes con nombres, como lo fue hacerlo con los sonidos. Aunque he de reconocer que di prioridad a los ojos, y que no me atreví a tacharme nada de oído. Por eso me alegré bastante cuando, a base de perseverancia, conseguí identificar los sonidos más característicos del campamento con las aves que los emitían, ya fuesen los gárrulos barbudos que os enseñaba ayer, ya el curioso canto de este gladiador cabecigrís Malaconotus blanchoti, al que apenas sí pude ver entre el ramaje.

Por suerte, tras encadenar varias decepciones siempre acababa apareciendo alguna especie que salvase la sesión: algún bicho medianamente grande, bonito y tranquilo, que además se dejase retratar bien, como este alción cabecipardo Halcyon albiventris, una de tantas especies (la mayoría, de hecho) de martines-pescadores que, por raro que nos parezca a los europeos, no pesca, sino que caza: que vive en medios arbolados, capturando grandes invertebrados, lagartos o ratones.

Aves en los árboles y aves en el suelo también, recorriendo arriba y abajo la autopista del río seco. Este francolín de Natal Pternistis natalensis tan bonito venía acompañado de una recua de pollos a medio crecer, que atravesaron el claro entre los carrizos en menos de un suspiro.

Y nada, cierro ya con esta foto de un alzacola dorsirrojo Cercotrichas leucophrys cantando al sol poniente; pariente cercano del alzacola rojizo, la especie menos rara de "no-rareza" que me queda por ver en España,y que por consiguiente más ganas tengo de ver. Ya veremos cuánto tarda en llegar...

lunes, 14 de agosto de 2017

El "N'Waswitshaka Research Camp" (PNK, X)

Como os dije en alguna de las entradas anteriores, durante las dos semanas que pasamos en el Kruger nos alojamos en un pequeño campamento reservado para investigadores que está junto al núcleo de Skukuza, a la vera de un río bastante amplio, aunque seco ahora, que lo separa del poblado de los trabajadores del Parque. Por motivos de disponibilidad de plazas, pasamos la primera semana en la casita de arriba, con salón-cocina y dos habitaciones dobles con baño...

... y la segunda en esta otra tienda de campaña permanente, con... bueno, con pocas cosas. Pero tenía hormigas, la otra no; en eso le aventaja. Carecía en cambio de las salamanquesas de la otra, que pasaban el día entre las vigas de madera y la cubierta de paja, dejando caer aleatoriamente sobre las camas sus pequeñas cagaditas duras, hechas de piezas de insecto, como un TENTE sin montar.

Vivir en el campamento fue una experiencia curiosa: la mayor parte de los residentes eran investigadores jóvenes que estaban allí haciendo trabajo de campo, cada cual el suyo; en el momento en que más nos juntamos había una alemana, dos americanos y dos australianos, a mayores de nosotros, y normalmente nos las apañábamos para cenar juntos y echar luego un rato de sobremesa, comentando la jornada, casi como si en vez de estar "en un campamento" estuviésemos de campamento... Lo que más me llamó la atención fue que eran todos muy jóvenes: estudiantes de carrera o de máster. y no solo eso, sino que estaban allí solos. Me cuesta mucho imaginar un grupo de investigación español que tenga tanto dinero como para mandar estudiantillos de tres al cuarto al otro lado del mundo, y donde por otra parte se confíe tanto en que los estudiantes sabrán desenvolverse solos como para mandarlos sin un director... la verdad es que me resulta tan extraño que no sé hasta qué punto eso me parece señal de que los estudiantes de otros países son la caña, o me parece en cambio una apuesta demasiado arriesgada con la que es muy fácil desperdiciar el dinero; no sé.

Tanto la casa como la tienda (todos los demás alojamientos... todos los de Sudáfrica, me da) tenían sendas barbacoas, que usamos casi cada tres días; pero la primera tenía además esta agradable zona de terraza con vistas al río donde pasar el rato. Se supone que el campamento era una zona "segura", en la que uno podía caminar sin peligro, merced a una verja electrificada que lo rodeaba. La necesidad de la verja era evidente, pues por delante mismo de esta zona de patio pasaban de vez en cuando elefantes (y cuando digo "por delante mismo" lo digo de verdad; podría uno darles una palmada), y un par de veces nos cruzamos con leones en el camino justo a las puertas del campamento. Eso no era muy tranquilizador, ya que la puerta automática de la verja a veces se atascaba y se quedaba abierta, vaya usted a saber por cuánto tiempo... y por otra parte, viendo el estado en que estaba la verja en sí, la verdad es que dudábamos mucho de que realmente estuviese operativa... pero claro, cualquiera la toca para comprobarlo. Tuvo que ser una de las noches de barbacoa cuando por fin Leif, el americanito, más joven y echao p'alante, le echó la mano a la verja, y comprobamos así que estaba más desconectada que las de Parque Jurásico. Le echamos la mano unas cuantas veces más los días siguientes, la verdad no sé por qué, siempre con la aprensión del que hurga en la herida que sabe que no tiene que tocar; pero nunca pasó nada... se ve que tenía que tocarme a mí: intrigado por un ruido, no sé si de ranita o de insecto, que sonaba justo por fuera del cercado, una noche me apoyé inadvertidamente sobre la cerca, y esta resultó estar ya reparada. Me dio un fogonazo que me tiró al suelo durante un rato y me hizo cerrar la boca de golpe, y encima me dejó solo una marca ridícula en el brazo, de la que ni siquiera puedo presumir.

En fin... el gran Tim, la Tostada Humana. Sigo vivo, al menos. El río. Ya he dicho que el Nwaswitshaka no llevaba agua en julio, pero sí fluía: del orto al ocaso, las bandadas de queleas no paraban de pasar, río arriba, río abajo...

... y el trajín aéreo venía acompañado de otro a ras de tierra: los búfalos y los elefantes de que os hablaba antes pasaban de vez en cuando frente a la casa, ocupados en sus cosas. Y resultaba fascinante, a la par que desazonador, ver cómo una cortinilla de carrizos mínima llegaba a ocultar completamente un bicho tan grande y peligroso, que uno tenía además al lado. Al olor de la barbacoa se acercaban por la noche las hienas también justo hasta la verja, y se quedaban luego rondando, dándonos la serenata con sus risotadas; y una noche en que Mdu nos estaba calentando la cabeza con historias de ataques de leopardos, como si estuviese ensayado, saltó de un árbol hacia nuestra mesa un gálago de cola ancha, que en la oscuridad parecía algo mucho más gordo y peligroso, y que hizo gritar a la gente en consecuencia, espantando a su vez al pobre bicho antes de que pudiese hacerle ninguna foto. Pero sí las tengo de otros muchos animales...

... en especial de aves, como este barbudo acollarado Lybius torquatus, y que darán para unas cuantas entradas más. Pues en función de qué vehículo estuviese disponible, no siempre pudimos hacer todos todas las jornadas de trabajo de campo fuera del campamento, y más de una vez tocó quedarse dentro, sumando horas ociosas... esto es, ociosas para el que no tiene una cámara, unos prismáticos, y todos los bichos de un país para aprenderse. Espero no aburriros mucho en los días que vienen...

domingo, 13 de agosto de 2017

Jornadas Gastronómicas

 No estaré en Galicia, y no estamos tampoco en verano, pero el ritmo que llevamos últimamente de cuchipandas aquí en Sudáfrica bien podría estar a la altura del rosario de fiestas gastronómicas y verbenas propias del agosto breogantino...

 Empezamos el viernes por la mañana con el "Té de Departamento": por algún motivo, cada dos semanas uno de los grupos de investigación del Departamento está encargado de organizar una especie de brunch a media mañana, que suele dar pie a que la gente se pique y que cada grupo intente superar al anterior. Nosotros la verdad íbamos con (y trasmitíamos) unas expectativas bastante bajas, pero al final, a base de recetas robadas (la tarta de queso de Sofía y la empanada de Cefe), creo que sorprendimos tanto a los demás como a nosotros mismos...

 El viernes por la tarde, el jefe de Joaquín quiso organizarle en su casa una barbacoa de bienvenida (la segunda; ya el viernes anterior habíamos hecho una en el patio del Departamento). Así que tras salir de la Facultad nos encontramos en una casa grande, con piscina y llena de estudiantes, pues los Heideman decidieron combatir el "síndrome del nido vacío" alquilando a chavales las antiguas habitaciones de sus hijos, y cuidándolos prácticamente como a tales, haciéndoles el desayuno y demás. Tras cenar tuvimos además concierto: el hombre resultó ser un apasionado de Carlos Santana, y nos regaló con canción tras canción interpretada a la guitarra eléctrica con pistas de acompañamiento por detrás, de modo que el efecto final era muy similar al de los músicos del metro en calidad y pesadez... Y soplamos además las velas de la primera de las dos fiestas de cumpleaños de Joaquín...

... que continuamos ayer con otra (otra barbacoa, cómo no), ya solo para la juventud, en casa de Charissa. Una fiesta bastante internacional: con españoles, escoceses, alemanes y chinos; a mayores de los locales. Las vueltas que da la vida, que nos va llevando de un lado a otro del mundo... en fin. En nada me tocará a mí también celebrar por vez primera mi cumpleaños en invierno. Otra cosa que me tacho.

viernes, 11 de agosto de 2017

De picnic (PNK, IX)

A mayores de los campamentos donde los turistas pueden dormir, a lo largo y ancho del Parque hay zonas de picnic, con bares, baños y mesas, consideradas "seguras", donde se permite bajar del coche. En realidad, y salvo los campamentos, que sí cuentan con verjas electrificadas alrededor (aunque más sobre eso dentro de algunas entradas), el resto de zonas seguras del Kruger lo son más por fuerza de la costumbre que porque los animales no puedan realmente acceder a ellas: es decir, porque suelen estar llenas de gente ruidosa y los animales mayores tienden a evitarlas; pero no hay vallas ni nada parecido, y de vez en cuando algún turista se lleva la sorpresa de su vida...

En realidad las zonas de picnic están siempre llenas de animales: en concreto, de las aves y monos que acuden al reclamo de la comida fácil. Y cuando en el trascurso de nuestras correrías naturalísticas nos deteníamos a comer un bocadillo de salchichas de kudu (sí), yo aprovechaba para sacar unas cuantas fotos. Probablemente las aves más abundantes y conspicuas en los picnics de todo el Parque sean estos: los estorninos orejiazules Lamprotornis chalybaeus, unas aves carácter tan audaz como su el colorido de su plumaje metalizado, que se veían bastante en las pajarerías españolas hasta que la UE prohibió en Europa el comercio de aves salvajes, durante el primer brote de "gripe a(viaria)" (ha habido bastantes más, ¿lo sabíais? Pero pasada la novedad y alarmismo del primero, cuando todos íbamos a morir y el gobierno se dejó millones de euros en vacunas que luego caducaron, la prensa perdió el interés...).

Más estorninos. Estos bichos son bastante inteligentes y enseguida aprenden dónde hay comida fácil, de modo que muchas especies viven sin problemas cerca del hombre. En Bloemfontein llevo vistas ya cinco especies (dos de ellas introducidas), incluyendo este de la foto: un estornino alirrojo Onychognathus morio, grande y colilargo, casi como una urraca, pero con naranja en las alas en vez de blanco.

El de arriba era un macho, y mirándolo desde el alero de un cobertizo estaba esta su señora, con la cabeza canosa en vez de negra.

Más bichos del picnic: un toco piquirrojo Tockus erythrorhynchus. Las cuatro especies de tocos del Parque fueron mis primeros cálaos silvestres. Es lo bueno de cambiar de continente: que uno tiene la oportunidad de no solo tacharse especies nuevas, sino también familias o incluso órdenes.
Y en el mismo lugar, otro bicho con el que estrenaba familia, la de los turacos: un turaco unicolor Corythaixoides concolor. Aunque tardé algunos días en verlos, desde el primer día en el Parque fui consciente de que estos bichos andaban cerca por sus voces, bastante características, que les valen el nombre inglés de go-away bird. Aunque a mí no me suenen mucho a 'go-away'...

Plantas también me estoy tachando unas cuantas... o bueno, digamos que "podría, si pudiese": evidentemente en esta esquina del mundo casi todas las plantas son nuevas para mí, pero me falta el conocimiento como para identificar las 20.000 especies del país. Podría centrarme en los árboles, que son solo mil y pico y debería ser más fácil... en fin. De momento me ha alegrado aprender que estos arbolitos con estos frutos de cuatro alas tan característicos, que se suelen usar pintados en los potpourris de flores secas, son del género Combretum, de los que hay un puñado de especies en el Parque.

Y nada, lo que tienen las zonas "seguras": paseando por el picnic para ver los pajaretes y árboles de arriba, me di cuenta de pronto de que no había sido yo el primero en pisar por allí... las huellas de la arena, por tamaño y forma, tenían un cierto aspecto leonino... en fin.

Por desgracia o por suerte, no vi al dueño de las mismas, pero sí me encontré con otros dos depredadores que, confiados en su camuflaje, dormitaban plácidamente a la espera de la noche siguiente, sin que pareciese molestarles mucho el bullicio de los turistas: eran en concreto el búho más grande de África, un búho lechoso Bubo lacteus, de llamativos párpados rosados...

... y el más pequeño, un autillo africano Otus senegalensis. Vistos así de cerca la verdad es que los búhos son de las cosas más cucas que hay. A ver cuál es la próxima especie que me tacho...

miércoles, 9 de agosto de 2017

Sundowners (PNK, VIII)

Principalmente para evitar problemas de furtivismo, como regla general en el Kruger no se permite la circulación de vehículos de noche. Pero una de las ventajas de estar en el Parque como investigador es la de disfrutar de una cierta flexibilidad de horarios. Tampoco demasiada, la verdad sea dicha, pero la suficiente como para poder ver anochecer desde fuera de casa. De modo que los días en que el trabajo lo permitió, los sundowners (charlar tranquilamente mientras se pone el sol) formaron parte de nuestra rutina diaria.

El lugar al que más veces acudimos lo podéis ver en la primera foto: lake Panic, un pequeño embalse que represa las aguas del Mafunyana, aguas arriba de nuestro campamento. Debido a la visibilidad y a sus paredes bastante empinadas, la presa terrosa del embalse se considera "zona segura"; lo suficiente al menos como para bajar del coche por tu cuenta y riesgo. Aunque la zona es bastante famosa por sus aves acuáticas, a las horas tardías a las que fuimos apenas sí se movía algo más que miles de queleas comunes Quelea quelea (posiblemente el ave más abundante del mundo, y desde luego la del Parque) preparándose para dormir entre los carrizales y acacias de la orilla. Eso y los resoplidos de los hipopótamos en el agua, a escasos metros de uno.


Un par de tardes nos dio tiempo de ir a un lugar algo más lejano, la colina de Mathekanyane: un domo granítico donde también puede uno bajarse por su cuenta y riesgo. Y desde el que se atisba apenas la inmensidad de este parque nacional, grande como Cáceres o Ciudad Real...


Aunque por la foto parezca el sitio un remanso de paz, el reclamo de cientos de francolines y pintadas como los que os enlazaba ayer, al pie de la colina, resulta a veces bastante ensordecedor. Y más arriba y cerca de nosotros, unos cuantos grupos de alcaudones píos Urolestes melanoleucus la armaban también un poquillo, peleándose y jugando antes de, ellos también, irse a dormir.

Volviendo a lake Panic, como la zona está pegada a Skukuza, que ya os dije que es el principal campamento del Parque, todos los días que fuimos nos encontramos a otros grupos de investigadores o de trabajadores pasando el rato. Y un día incluso, como podéis ver, con los participantes en una boda, que llegaron para hacerse las fotos montados en los caddies del cercano campo de golf: el único creo en que las bolas vuelan entre impalas y kudus... y en que de vez en cuando los golfistas se dan de bruces con algún león.

Al crepúsculo le sigue la noche, y ya me perdonaréis la calidad de la foto, pero me hacía ilusión poneros una foto de la Cruz del Sur (un romboide más bien, ya, pero qué queréis: esos que se inventan constelaciones, que ven lo que quieren ver...). Y como las horas tardías se prestan también a la música, ya me perdonaréis también que os deje con una de las canciones que más se escuchan por estas tierras. "Canción del verano" la llamaría, si no fuese porque estamos en invierno...

lunes, 7 de agosto de 2017

Y todavía un poco más de todo (PNK, VII)

Rescato en la entrada de hoy unas cuantas fotos dispersas a lo largo y ancho de la carpeta, antes de comenzar una serie de entradas de temáticas particulares. Empiezo con este Paisaje con cebra, donde se ve una de las antiguas bombas de agua eólicas, que extraen agua de los pozos para alimentar los abrevaderos como en los que pusimos nosotros las cámaras. Los abrevaderos se instalaron en su día para facilitar el acceso al agua de los grandes herbívoros, y conseguir así que aumentasen sus números y que no se moviesen mucho por el Parque, para facilitar que los turistas puedan verlos. Pero la medida salió demasiado bien, de modo que la vegetación comenzó a estar esquilmada en torno a muchos de estos puntos de agua. Consiguientemente se eliminaron muchos de ellos, manteniéndose solo los situados cerca de fuentes de agua naturales.

 Hablaba antes de las "antiguas" bombas eólicas porque las modernas funcionan con paneles solares. Pero hay muchas cosas más antiguas aún en el Parque: abarcando desde pinturas rupestres prehistóricas hasta eventos de la historia reciente del Kruger, una red de 74 hitos marca lugares con un cierto (o a veces bastante incierto) interés histórico. Varios además incluyen una placa con el dibujo de un perro algo feúcho: es Jock of the Bushveld, el protagonista de una novela de viajes decimonónica en la que el autor habla de sus recuerdos como integrante de caravanas comerciales (talmente como en el Lejano Oeste) que atravesaban estas tierras de la antigua República del Transvaal. La novela (que tengo en la habitación, a la espera) se convirtió rápidamente en un clásico infantil sudafricano, aunque en las décadas recientes ha caído bastante en desgracia, debido a que la mentalidad colonial y abiertamente racista de la época no casa mucho con los valores de la Sudáfrica post apartheid.

 Más puntos de agua: este, natural, aunque pegado a una de los abrevaderos donde sí teníamos cámara a la que cambiar las pilas. Y entre la cámara y nosotros, varios grupos de elefantes sedientos. Pero como eran muchos, y además hembras con crías y no machos cobardes, pues no era cuestión de salir del coche dando palmas, y nos tocó esperar cerca de hora y media hasta que se dispersaron y pudimos bajar.

Estas pausas en realidad me gustaban mucho, pues me daban la oportunidad de poder tirar de cámara y prismáticos, para ir poco a poco sumando especies de aves a la lista. De estas, buena parte eran "pajarillos" sin más, en general pequeños y parduzcos, como los que le gustan a Raquel; y que como yo no tengo todavía en la cabeza, pues veía, identificaba y apuntaba, no sintiendo más que un placer moderado. Otras tantas especies eran aves comunes en todo el país que yo ya había visto en Bloemfontein, como esta tórtola senegalesa Spilopelia senegalensis...

 ... y por fin algunas eran especies lo suficientemente conocidas como para que me sonasen desde hace tiempo, alimentando así poco a poco en mi interior el ansia de verlas, y dándome mucha más alegría cuando por fin se me cruzaban por delante de las narices. Por qué si no os pondría aquí esta foto tan mala de un cucal de Burchell Centropus superciliaris burchelli, miembro de un grupo de cucos terrestres grandes como cornejas.

 Un francolín capirotado (jeje) Dendroperdix sephaena. Los francolines son un grupo muy diversificado de "seudoperdices", y al igual que sus parientes ibéricas uno se los encuentra aquí y allá en los bordes de los caminos, y los escucha reclamar. Cada especie tiene sus voces características (la del de la foto), que junto con las de las pintadas componen la melodía de fondo característica del crepúsculo en la sabana.

Un drongo ahorquillado Dicrurus adsimilis, otra de las aves que me hizo mucha ilusión tacharme. Los drongos, con pintas a medio camino entre córvido y golondrina, son una de las aves que más se dejan ver en el Parque. Capturan insectos al vuelo con gran maestría, y son justamente famosos de una por ser aves muy agresivas en época de cría, que no dudan en atacar a cualquier depredador que merodee por cerca de su nido; y de otra por ser consumadas imitadoras de otras especies, recurso que utilizan en ocasiones para hacerse con las presas que otros han cazado antes. Pero que os lo cuente él, mejor...

Y acabo con un par de alimoches sombríos Necrosyrtes monachus, que posados en unas ramas junto a una carretera esperaban a que unos cuantos leones se levantaran de la siesta que se estaban echando junto a los restos de un impala para bajar a dar buena cuenta de los restos; naturaleza de documental en estado puro...